La razonable pasión de ser oficialista


Nunca me gustó el fútbol. Ni mirarlo ni jugarlo. Tampoco me preocupé demasiado por entenderlo. A mi viejo nunca le interesó, y a mi abuelo tampoco. Ambos inmigrantes. Tal vez por eso siempre pude analizar fenómenos locales, como éste, desde un lugar desapasionado.

Uno de chico debía ser de un cuadro e ir a la cancha; caso contrario: eras raro. Por suerte tenía un buen amigo, fanático de Racing, que no le importaba mi desapego por el fútbol. Gracias a él, el único partido de fútbol que fui en mi vida fue Racing – Lanús circa 1992. Su papá nos llevó a los dos. De esta manera, yo ya podía cumplir con el protocolo: decía que era de Racing y que, efectivamente, había ido a la cancha (de Racing).

El problema de ser de Racing por ese entonces, era que el club no salía campeón hacía más de treinta ¡30! años. Si bien zafaba un poco de ser tildado de raro, no zafaba de las cargadas de pibes de otros cuadros. Lógicamente, no tenía muchos elementos para defenderme, porque no miraba fútbol. Entonces, al menos, me aprendía contra quién había sufrido una goleada cada uno; porque era bastante más fácil y contundente reírse de la desgracia ajena que lucir el triunfo propio.

Con lógica e ingenuidad en iguales proporciones, le pregunté a mi amigo por qué no nos hacíamos de River (que no paraba de ganar) y listo. Obviamente, su respuesta estuvo en el orden de los imperativos categóricos, o sea: me mandó a cagar. La contundencia de su negativa a cambiar de cuadro obedecía a cuestiones inexplicables para un chico de 12 años. Incluso gente más grande se queda corta de palabras para explicar esta resistencia o inercia. Porque las pasiones no son razonables ni negociables: uno sigue siendo de Racing aunque no gane un campeonato en 30 años. Esta cuestión me quedó grabada; y tiempo después, ya cursando una Maestría, la encontré abordada de forma excelente en etnografías del fútbol y la cultura popular. Se la denominaba “aguante”.

Una resistencia similar encuentro en la intención de voto al oficialismo. A pesar del manejo cuasi criminal de la salud, la economía, la seguridad y los derechos humanos; no son pocos quienes nunca dejarían de votarlos. Si bien no podemos extrapolar al campo político el programa de exégesis futbolística tal cual está; observamos algunos puntos en común entre un caso y el otro.

La hermenéutica de la adhesión kirchnerista, toda vez que sumerge en un relato oficial de proyecto político tanto a afiliados formales de la organización política como a simpatizantes no afiliados, requiere descomponerse en diferentes niveles de análisis. Ya sea afiliado o simpatizante, el kirchnerismo le provee tres cosas: promesas, cosas inmateriales y cosas ajenas. El despliegue logístico para esta triple provisión es administrado por la organización en los planos operativo, táctico y estratégico. La contundencia de la triple provisión dependerá de cuánto y cómo la organización esté parasitando al Estado.

A nivel operativo, en el campo, encontramos el despliegue territorial ejecutor. En este aspecto, han demostrado una capacidad superlativa de contacto mano a mano para lograr adhesiones en órganos del estado, barrios, redes sociales y otras organizaciones o colectivos. Este trabajo de infantería es fundamental para generar sentido de pertenencia y protección en un país de por sí incoherente, inconsistente y hostil. La banda, la murga; o bien una suerte de logia masónica nacional y popular que no exige ficha limpia ni capacidades extraordinarias, y que apadrina causas y atributos disímiles e incluso incompatibles con la tradición peronista: izquierda, feminismo, judaísmo, islam, homosexualidad y aborto. En este Alzheimer político colectivo, cuyo síntoma-fortaleza es la falta de vergüenza de corto plazo, las incoherencias se olvidan muy fácilmente. El algoritmo kirchnerista de disolución de las incoherencias es la clave del Gateway que conecta al usuario del sistema kirchnerista con los recursos del Peronismo y del Estado. El zurdo con iPhone no es un problema ni un tema; es un detalle colateral totalmente admisible dentro del gran proyecto político. Tampoco importa cuál sea la motivación o causa del usuario, el sistema kirchnerista no tiene código de ética ni coherencia; sólo pide cheques en blanco de aguante para los propósitos estratégicos. En efecto: el narco y la trata nunca crecieron tanto en la historia como en la década ganada. ¿Coincidencia?

Odian tanto Mercado Libre porque, en definitiva, son algo muy parecido a nivel operativo.

Si bien el esquema transaccional descrito arriba guarda cierta relación con el sistema de negocios que vincula a las barras bravas con la dirigencia, no resulta aplicable para el simple simpatizante de un cuadro de fútbol; ya que la ligazón con la institución obedece mayoritariamente a elementos emotivos. Por eso, a los simpatizantes que quedan fuera del alcance de la infantería de transacciones debe captárselos recurriendo a beneficios más bien emotivos o intelectuales. Por eso es tan fuerte el ejemplo de Racing en los ‘90: cómo lograr mantener vivo el aguante durante treinta años de resultados nulos. O sea: cómo hace el kirchnerismo para que lo sigan votando, a pesar de que la calidad de vida está en los niveles más bajos de la historia: inflación, pobreza, indigencia, inseguridad, sistemas educativos y sanitarios deficientes más una calamitosa administración de la pandemia. ¿Cómo? Con táctica. En primer lugar, el kirchnerismo se ha ganado la fama de ser generoso con el dinero público; es decir: cuando llega al poder, reparte. De hecho, esto es lo que más y mejor recuerdan muchos sobre el primer gobierno. Lamentablemente, no hubo ni una sola medida económica que justifique la bonanza; porque todo el crecimiento económico (con superávit fiscal) se lo debe al precio récord de la soja, el petróleo y haber recibido un estado quebrado. Repartió dinero sin haberse detenido demasiado en afianzar la infraestructura pública, ni fomentar el desarrollo económico sostenible, ni en ahorrar para tiempos peores. Se gastaron todo lo que había, y luego la caída de reservas petroleras, la inflación y el aumento del empleo público no frenaron más, al igual que los trenes.

Para las épocas magras, sólo queda un bombardeo incesante de promesas y bienes inmateriales. En esta misión táctica, a la infantería kirchnerista se le suman reservistas del ejército no regular (francotiradores, según la RAE) apostados en la sobremesa familiar del domingo, la sobremesa del asado con amigos, Facebook y Twitter (otrora blogs); donde descargan una artillería de ideología política que agarra desprevenida a mucha población civil inerme políticamente. Una gran parte de la población argentina sólo aspira a ir a trabajar, volver a su casa, mirar la tele y ganar lo suficiente como para darse un gustito el fin de semana, irse de vacaciones una vez al año y dejarle algún bien a sus hijos, si la AFIP lo permite. Para esta clase trabajadora no politizada, el pilar filosófico fundamental es el origen y el destino de los fondos. No se puede negociar con esta clase media en los términos que el kirchnerismo pretende imponer, por eso la detesta.

Entonces, cuando al francotirador de asados se le atasca el rifle ideológico con el empobrecimiento récord, el narco, la trata, el defalco de YPF/Aerolíneas y las causas de corrupción más atroces de la historia argentina; y está a punto de ser linchado por familia y amigos, siempre responde de forma lacónica y terminante: “No. Yo de eso no discuto.” ¡Glup! la píldora de cianuro del infante kirchnerista. Porque tanto el origen como el destino de los fondos es irrelevante cuando se enmarcan en cuestiones estratégico-religiosas: en esta tierra fértil para el sincretismo y el olvido selectivo, conseguimos una nueva iglesia de la liberación, pobre para los pobres, que canjeó la justificación teológica de la violencia armada por la justificación teológica de la corrupción.

El Gauchito Gil y la Santa Evita Montonera se vacunan haciendo la doble V de Vacunatorio VIP.

Los últimos serán los primeros y el kirchnerismo se hace fuerte en la debilidad. Es el santo patrono de causas loables pero huérfanas, causas inútiles, ridículas, desubicadas y también causas válidas pero deficitarias, en un país con 50% de pobres y más indigentes que profesionales, priorizan reactores nucleares, satélites, observatorios de raza, aerolínea de bandera y producciones de cine. Un gobierno de científicos que detesta la matemática y la estadística; una murga variopinta que deja en manos de actores populares el guión de una película basada en hechos reales, pero hilados por un MacGuffin.

¿Y qué es un MacGuffin? El MacGuffin es una expresión acuñada por Alfred Hitchcock que designa una excusa argumental, un elemento de suspenso, el cual motiva a los personajes y al desarrollo de una película, pero carece de relevancia por sí misma. Algunos ejemplos de MacGuffin son: el maletín que Jules y Vincent deben recuperar en Pulp Fiction (1994); el dinero para el orfanato que deben conseguir los Blues Brothers (1980); y el proyecto político nacional y popular del que siempre hablan los kirchneristas (2003-2021). Una excusa argumental de orden estratégico-religioso que les sirve para respaldar lo táctico, lo operativo y para justificar todos sus dichos, actos y contradicciones.

¿Será momento de cambiar de club o de exorcizar la cancha?


7 comments:

carancho said...

Simplemente excelente.
Felicitaciones.

Ulrich said...

Extraordinario, un texto impecable.

Unknown said...

Excelente el desarrollo y el concepto.

Carolain said...

"no frenaron más, al igual que los trenes" escupí el mate

fernandes said...

Gracias!

fernandes said...

Muchas gracias!

fernandes said...

Gracias!