La Piedra de Hacer Sopa II

Lo único que podría alterar la rutina sería una sesión de tortura… Y no se qué es peor: si sufrir una tanda de patadas y cachetazos o ver día a día la mirada de mis amigos. Mi vida no es tan mala en la cocina… Permanezco firme y silencioso como una piedra, le sirvo manjares a los oficiales y una miserable hogaza de pan a mis compañeros. Día tras día tras día tras día. Me parte el alma ver sus caras desilusionadas al verme llegar con cuatro panes pedorros. Lo único que me redime es ayudarles a cavar esa enorme fosa que los viene consumiendo hace meses y sólo Dios sabe para qué será usada. Sin lugar a dudas, su rutina es peor que la mía.

No recuerdo si fue mi tío o mi abuelo quién me dijo que nunca moriría de hambre siendo cocinero. Y así fue… no sólo sigo vivo, sino que estoy más fuerte que los demás, aunque me pese. Me revuelve las tripas comer las sobras del banquete de los oficiales a hurtadillas; sabiendo que sólo hay pan para mis pobres amigos. Pero lo cierto es que si me pescaran nuevamente tratando de llevarles algo digno de comer, ya nadie podrá ayudarles a cavar, no llegarán a tiempo, los castigarán y nadie saldrá ganando.

Es marcado el deterioro físico que tienen. La hora que cavo yo solo mientras comen es más productiva que toda su mañana. Siempre pienso lo mismo durante la media hora de caminata desde la cocina hasta la fosa… Y allá los veo los cuatro “afortunados”: el judío, el gitano, el polaco y el ruso. Están aquí por un simple hecho: ser judíos, polacos, gitanos o rusos. Por eso yo no sé qué carajo hago acá. De hecho no tengo distintivo en mi uniforme. Los oficiales no sabían que triangulito ponerme. Qué se yo… tal vez esté acá por algún motivo especial. Ahora ellos comen y yo cavo. Esto es lo único que me libera de la culpa de comer más y mejor que ellos.

Hasta una desgracia es una bendición. La rutina es el verdadero mal. Es cruel, pero es así. Es una pausa al menos. Un tiro en la cabeza de alguien significa una pausa para todos en este infierno. No es que me levante cada día deseando que pasen cosas por el estilo… pero lo cierto es que cuando sucede, espontáneamente todos nos quedamos observando el lamentable espectáculo y por contraste, sentimos que seguimos vivos.

Hoy me di cuenta que estoy sano. Me bastó con oír la tos y los estornudos del judío. Pobre tipo, no está acostumbrado a estas temperaturas… y parece que el gitano tampoco. A los otros dos se los ve mejor, aunque no mucho. ¿Cómo ayudarlos? Cómo desearía ver al menos una sonrisa en su cara… Creo que un buen plato de comida lo lograría. Me siento culpable por estar mejor que ellos. ¿Pero qué remedio hay? El heroísmo no ayudó a nadie; y lo comprobé en carne propia.

La tos de mi amigo está cada vez peor y ya empieza a contagiar a los demás. Unos trapos de la cocina le servirán como barbijo… Desafortunadamente no puedo relevarlo en su tarea porque dentro de unos días los oficiales se reunirán en el casino que improvisaron en uno de los pabellones y debo preparar todo el banquete… Cómo les gusta apostar a esos hijos de puta. Lástima que no les guste jugar a la ruleta rusa.

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Debe haber sido obra de mi inconciente dejar sucios los trapos de cocina que le presté al judío. Todos los oficiales están tosiendo y contagiados de una gripe bastante fuerte. Por suerte ni se enteraron de este detalle ni me contagié. Además me tienen bastante confianza, incluso simpatía; porque no me identifican con ninguno de sus enemigos. Además cocino bien, siempre estoy sano y no armo problemas. Sería al pedo que me maten o me reasignen a otra tarea.

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Puta madre que está durísima la tierra. Cómo quisiera envenenar a todos esos cerdos. Tal vez pudiera de la misma manera con que los contagié de gripe… Pero no tengo ningún veneno y es imposible ingresarlo a la cocina. No tiene sentido. La fosa es cada vez más amplia, aunque no más onda. Lo más difícil es clavar la pala por primera vez en este suelo congelado. Ese es mi granito de arena. La profundización del pozo se la dejo a los muchachos, que es relativamente más fácil. Pero mucho no avanzan, pobres.

¿Qué carajo es esto? Chuño en Polonia… no lo puedo creer. ¡Sí! Puta madre, estas no son piedras, son papas. Evidentemente esta zona era destinada al cultivo de papa. ¡Cómo extraño mi tierra! Estoy tan lejos y tan cerca a la vez. De mi casa y de la sonrisa de mis amigos. Necesito hervirlas pero no tengo cómo. Son duras como piedras. ¡Y mis cuatro amigos en conjunto tienen menos de 15 dientes!

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Dios le da pan a quien no tiene dientes. Con sarcasmo da señales de su existencia. Ya no puedo dormir. Está todo tan cerca y tan lejos a la vez. Me obsesiona la idea y el sarcasmo de Dios.

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Día tras día, firme y silencioso como una piedra trabajando en la cocina. Evitando a toda costa que se note mi ansiedad. Una piedra que cocina, que hace pan y que hace sopa. Ja! Una piedra que hace sopa… como la fábula del soldado que engaña a la vieja avara para poder comer. Si fuera tan simple engañar a estos hijos de puta. Además no soy yo quien necesita comer. Son los cuatro pobres desdentados.

El oficial de guardia me preguntó si estaba enfermo. No les gustaba nada tener a alguien enfermo en la cocina después del brote de gripe. Mi sudor era por la ansiedad y no por una enfermedad. Le dije en mi pésimo alemán que no estaba enfermo, que simplemente había encontrado algo que me hizo recordar a mi país y me dejó nostálgico. Lógicamente, existiendo una rutina tan estricta, donde la única variante es un fusilamiento; al oficial le dio curiosidad qué cosa habría encontrado yo que me hiciera recordar mi tierra.

Traté de explicarle de qué se trataba el chuño, pero lo único que hacía era reírse y decir “suppenstein”. Llamó a otros oficiales, les dijo algo y todos se empezaron a reír y a repetir “suppenstein” como tarados. Tenían olor a alcohol. No sabía qué hacer… Sólo esperaba que no se tornaran agresivos estos borrachos de mierda. Entonces saqué de mi bolsillo un chuño y les dije que con esta piedra podía hacer sopa. Me respondieron que si era mentira, me matarían… Y les dije “hecho; pero si lo logro, me podré llevar la sopa”.

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El tiempo pasaba lentamente… Mi sudor ya era imposible de ocultar, la paciencia de los oficiales se agotaba y el chuño no se convertía en papa. Tampoco unas papas flotando en agua serían una sopa y yo había prometido una sopa. Dios es sarcástico, lento, pero predecible… Su ley es la natural, la misma que hace hervir el agua e hidratar una papa seca. Pero el tiempo es relativo, escapa a la ley de Dios. Tal vez nunca vea a esa “piedra” convertirse en papa… Y no porque sea imposible físicamente o porque el proceso tarde infinitamente; sino porque el tiempo depende de quién es el dueño del reloj. Es relativo a quién marca la pauta y empuña el arma.

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Imitando la leyenda de la piedra de hacer sopa y aprovechando el resfrío y la borrachera de los oficiales, les hice probar la primera cucharada insípida con un poco de chuño ya hidratado. Probaron y dijeron “Maldito resfrío, no siento gusto a nada. Pero tu truco parece haber funcionado. Agrégale pimienta”. Luego de agregarle pimienta, sintieron su sabor y logré engañarlos completamente. Fui preguntándole a cada uno qué ingrediente le gustaría agregar a la sopa para hacerla más sabrosa. Uno me dijo que agregara carne, otro me pidió que agregara cebollas, otro, ajos y también maíz. Dios proveyó como siempre… yo sólo dudaba del dueño del reloj.

Terminamos de tomar la sopa con mis cuatro amigos en el borde de la fosa. Felices de compartirla, sin preocuparnos por lo que pasara en el futuro… Sin saber que allí descansaríamos eternamente, al terminar nuestra última cena.

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